“Follow” también es votar: la sociedad que estamos construyendo

No todo lo que aplaudimos merece ser celebrado. Y no todo lo que seguimos es inocente.

En la cultura digital, el gesto de seguir parece pequeño, casi automático. Un clic. Un hábito. Un entretenimiento. Sin embargo, en un ecosistema donde la atención es el recurso más escaso y más valioso, seguir es una forma de elección. Y toda elección, aunque no se viva así, tiene consecuencias culturales.

Decidir a quién escuchamos, a quién amplificamos y a quién convertimos en referencia no es un acto neutro. Es una forma de participación silenciosa en la construcción de imaginarios, valores y aspiraciones colectivas. En otras palabras: follow también es votar.

Desde fuera, puede parecer que las redes simplemente reflejan lo que la sociedad admira. Pero desde dentro —desde el marketing, la comunicación y la estrategia— sabemos que esto no funciona así. La industria no se limita a mostrar valores: los fabrica, los selecciona y los amplifica.

Los premios, rankings y reconocimientos que circulan en el mundo digital rara vez responden a un consenso social profundo. No miden impacto cultural, ético o comunitario. Miden visibilidad, alcance, rentabilidad y capacidad de retención. Cuando se llama “ínfluencers” a perfiles cuyo principal mérito es la exposición constante —la imagen, el baile, el escaparate— no estamos describiendo talento en un sentido amplio: estamos legitimando un modelo cultural específico.

Un modelo donde el alcance se confunde con impacto. Donde la influencia se mide en métricas, no en consecuencias. Donde la autoridad simbólica se concede sin exigir responsabilidad social.

Esto no es una critica a personas concretas ni a creadores individuales. Es importante decirlo con claridad. El problema no es que existan influencers ni contenido ligero. El problema es haber naturalizado que tener altavoz no implica ningún tipo de responsabilidad.

Porque desde el marketing hay una verdad incómoda que pocas veces se dice en voz alta: lo que se amplifica educa. Educa deseos, aspiraciones, imaginarios y modelos de vida. Educa, incluso cuando no pretende hacerlo.

En este contexto, la influencia sin conciencia se convierte en una forma de poder sin ética. No todo creador debe ser activista ni portavoz de causas sociales, pero quien ocupa espacio cultural no puede fingir neutralidad. La neutralidad, en sistemas de amplificación masiva, no existe.

Mientras tanto, hay algo que queda sistemáticamente fuera del foco. Personas que educan, cuidan, acompañan, investigan, sostienen comunidades, protegen el medio ambiente o trabajan por una sociedad más justa. Trabajos esenciales, profundamente transformadores, que rara vez reciben visibilidad, premios o narrativa épica. No porque no importen, sino porque no son fácilmente convertibles en espectáculo.

Celebramos escaparates mientras invisibilizamos procesos. Aplaudimos lo inmediato mientras ignoramos lo que sostiene a largo plazo.

Y aquí es donde la conversación deja de ser digital para volverse profundamente política y social. Porque lo que aplaudimos no solo habla de gustos personales: habla del tipo de sociedad que estamos construyendo.

Una sociedad que premia la apariencia sobre la aportación, la notoriedad sobre la responsabilidad y la rentabilidad sobre el bien común.

Tal vez la pregunta no sea a quién seguimos. Tal vez la pregunta sea por qué seguimos a quien seguimos. Y qué estamos dejando de ver, de escuchar y de valorar cuando lo hacemos.

¿Admiramos al influencer que seguimos por lo que es,o aspiramos a serlo por lo que creemos que tiene?

No se trata de moralizar ni de señalar culpables. Se trata de asumir que cada acto de atención es una decisión cultural. Que cada aplauso construye sentido. Que cada follow refuerza un modelo de mundo.

Y entonces sí, la pregunta final se vuelve inevitable: ¿qué tipo de sociedad estamos construyendo con lo que aplaudimos —y a quién decidimos seguir—?

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Marcela Barquero

Consultora y Directora de marcas con propósito y conciencia · Fundadora de Estudio Ocho® y Casa Crear

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